jueves, 5 de agosto de 2021

Capítulo 3 Cuidado con Las Curvas 3 (Teresa y Gonzalo)

 

Capítulo 3


Teresa

 Desengaños de la vida, a mí no me podrán parar, cada día vengo más fuerte, buscando la felicidad —canto y bailo por toda la tienda, mientras acomodo las exhibiciones e ignoro mi dolor de estómago.

A diferencia de casi todo el mundo, mis “resacas” consisten en dolor estomacal y ya, no me duele la cabeza ni siento como si mi cerebro fuera reemplazado por una banda de los ochenta. La gastritis por otro lado, eso sí me jode.

—…la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ten cuidado con los golpes bajos porque a la lona te van a llevar, y no te vas a parar…

—Déjame adivinar —Me sobresalto ante la voz de Manuela. Dejo los pantys de encaje negro y azul en la vitrina y me vuelvo hacia mi mejor amiga—. Hmm… —golpea el suelo con sus tacones amarillos y pasa un dedo por su boca pintada de rojo—, dos palabras: cena familiar.

Asiento y la veo suspirar. Manu se acerca a mí y me abraza.

—Quisiera que fuera diferente para ti.

—Nunca lo será, creo que a eso debemos apegarnos —murmuro con desanimo.

—¿Fue James? —Niego y sus ojos se estrechan—. ¿Tu padre? —Asiento y Manu maldice—. Lo siento.

—Gracias, pero dejemos a mi familia allá en su jodida vida. Estoy mejor aquí.

Manu se muerde el labio y se torna un poco roja, está tratando con todas sus fuerzas no decir algo. Sonrío por su esfuerzo por permanecer callada, Dios sabe que eso no es normal en ella. Manu tiene que hacerte saber lo que piensa, te guste o no. Ella es un alma sin filtro y aunque a veces parezca impertinente e impulsiva, mi mejor amiga simplemente es demasiado franca y no puede ocultar sus pensamientos u opiniones de nadie. Y si tiene que decir lo que piensa, lo hace, así de fácil. Jamás vas a preocuparte porque ella oculte algo de ti, Manu no es así, transparente.

—Bien —musita. Ruedo los ojos y sacudo la mano para permitirle sacarlo todo—. ¡Tu familia es una jodida mierda, menos tú! Pero como cada vez que te encuentras con ellos te hacen sentir de esta manera, en mi humilde opinión deberías decirle a tu madre la próxima vez que se le ocurra llamarte para otra cena, que puede meterse su pollo con verduras por donde no le da el sol y a tu padre, que se corte su condenado pipi y deje de traer más desgraciados al mundo. —Respira profundamente, el color rojo desvaneciéndose de su rostro—. Pero claro, tu eres la excepción. Sigo creyendo que te cambiaron en el hospital. Deberíamos averiguarlo.

—Manu —Me rio y niego con mi cabeza, sólo Manu puede hacer esto, sacarme una sonrisa cuando mi día es una mierda—, te doy toda la razón en lo anterior excepto en lo de que me cambiaron al nacer. Soy la viva imagen de mi padre…

—Tal vez a tu verdadera madre le caía mal tu padre obligativo y por eso te pareces a él. Leí este blog donde una chica asegura que durante el embarazo si odias mucho a alguien, podría tu bebe parecerse a esa persona, ya sea físicamente o adoptar algunos rasgos de su personalidad.

Parpadeo varias veces y trato de no carcajearme por lo absurdo que es lo que Manu acaba de decir.

—Primero que todo, no estoy segura de que “obligativo” sea una palabra…

—Sí lo es, la acabo de decir.

—Y segundo, ¿qué demonios estás leyendo? Lo que acabas de decir es lo más absurdo que he escuchado —Manu sisea y se cruza de brazos, trato de esconder mi sonrisa, pero no lo logro—, debes dejar de leer esa mierda Manu. Busca páginas reales, no blogs de mujeres que quieren hacer leyes naturales a sus locas concepciones de la vida.

—No es mierda, leí los comentarios y al menos veinte mujeres dicen que les sucedió y ahora sus bebés se parecen a sus suegras, sus némesis del trabajo, vecinas chismosas y al señor Miyagi.

—¿Eh?

Manu rueda los ojos y suspira. —Lo sé, es extraño, pero al parecer esta mamita odiaba el “dar cera, pulir cera” en cambio, su esposo tenía un serio enamoramiento por Ali Mills.

—Mentira.

—Te digo que no, mira aquí está la evidencia. —Manu toma su teléfono y me enseña la foto de un niño que es la viva imagen de Pat Morita.

—Jesucristo.

—Lo sé, es por eso por lo que ya estoy evaluando a quien odiar cuando esté embarazada.

—¿No vas a odiar a Channing?, así tendrás un bebé a su imagen y semejanza.

—¿Quieres que David sufra una embolia? Si ya me hizo eliminar todo el álbum de mi galería, escondió mis DVD y me prohibió volver a pegar una de sus fotos en la cabecera de la cama.

—¿En serio pusiste una foto en la cabecera de tu cama?

—Lo hizo —responde Rosi entrando a la tienda con bolsas de comida—. Yo estuve ahí cuando ella y David discutían sobre ello.

Miro a Manu tratando de parecer desconcertada pero no puedo. —Estás loca Manu, ¿cómo demonios tu esposo soportó el sexo con la imagen de otro hombre en su cama?

—La pongo cuando estoy enojada con él —Se encoje de hombros y yo dejo mi boca abierta—. Me gusta torturarlo, se pone mucho más neandertal y luego el sexo es más que increíble. Es como un potencializador.

Miro a Rosi que se muerde el labio para no reírse, eso hace que yo no pueda contenerme y resoplo una carcajada.

—Ustedes dos son extrañamente adorables.

—David y yo nos entendemos… él me ama como soy yo, loca y chiflada, y yo a él, obsesivo por el orden, el control y malo en la cocina.

—¡Ya estoy aquí! —grita Fabi entrando a la tienda con Gabriel en sus brazos—. ¿Por qué está sonando esa música?

Rosi y Manu me señalan, Fabi me mira y me da una mirada comprensiva.

—¿Cena familiar? —pregunta mientras el ultimo coro de la mejor canción de Helenita Vargas suena.

Asiento y todas suspiramos, ellas por mi negativa a decirles lo que sucede y yo porque realmente quiero olvidar que ayer fui al circo de mi familia.

Fabi le entrega el bebé a Manu y se acerca a mí. —¿Todo fue hecho?

Sonrío por no presionarme y asiento. —Sí, las facturas están en el archivo y los recibos de las consignaciones en la carpeta.

—Gracias.

Rosi y Manu lo dejan también, cambio la música y nos sentamos en la oficina de Manu para desayunar. Gabriel nos pide un bocado a cada una y su sonrisa hace que me olvide de todo. Por el momento.

***

Llego a casa agotada por el día. Deseo darme una ducha caliente, tomar a Azrael y acurrucarme en mi cama mientras veo películas en Netflix y espero que Gonzalo llegue.

Gonzalo.

Anoche me quedé dormida sobre él, oliendo a alitas rellenas y con la ropa sudorosa del día, y aun así él me sostuvo y luego me llevó a mi cama para arroparme con su cuerpo y dormir junto a mí toda la noche, y, por si fuera poco, me despertó con un suave desayuno para que mi rebelde estómago no lo devolviera.

Realmente es un amor mi abejorro.

Reviso la cena que Dora me dejó preparada, carne con verduras. Ruedo los ojos, Dora no se rinde con sus ganas de hacerme comer sano, ya que, según ella, como demasiada comida chatarra.

Sí, a veces como una que otra cosa de la calle, por lo general es sándwich de pollo, jugos naturales o batidos, chuleta, hamburguesas o los famosos corrientazos. Y luego, al llegar a casa me trepo en mi elíptica y trato de eliminar lo que comí más temprano, no voy al gimnasio como Manu, Dios sabe que si un imbécil me grita en la cara que haga una más cuando no puedo, lo golpearía. Tampoco es que no me exija a mí misma, siempre es media hora de elíptica, media hora de cuclillas, quince minutos saltando el lazo y veinte minutos de zumba gracias a los vídeos en YouTube.

Hoy es uno de los pocos días que no hago ejercicio porque el trajín del día me gana.

Saco los recipientes con la comida y los llevo al microondas para calentar, dejando un poco para cuando Gonzalo esté aquí. Mientras el temporizador continúa, verifico los recipientes de Azrael y veo que Dora también se ocupó de él.

Miau.

—¿Cómo está el bebé de la mamá? —Tomo a mi gato gris de ojos amarillos y lo beso.

Miau.

—Te extrañé mucho hoy, espero que no hayas jugado de nuevo con las cortinas o mami te dejará en la jaula mañana. —Acaricio su panza y sonrío cuando su ronroneo empieza—. Te quiero mucho mi peludito.

—¿Y para mí no hay amor? —Abrazo a Azrael y me giro para sonreírle a Gonzalo.

—Pensé que llegabas más tarde. —Me acerco a él, dejando a mi gato en el sofá y le abrazo—. ¿Cómo estás abejorro?

—Bien abejita —Me da un beso suave y tierno y luego murmura frente a mis labios—. Terminé temprano ya que, pensando que estarías indispuesta hoy, pasé la noche adelantando mucho.

—Lo siento por lo de ayer.

—No te preocupes. —Saca el saco de su cuerpo y va a la cocina para servir la cena. Tomo la limonada de la nevera, las papas saladas y las llevo a la mesa—. ¿Cómo fue tu día?

—Bien.

Nos sentamos y agradecemos a Dios por la comida, habito que me pego Gonzalo.

—¿Terminaste de exhibir todo?

—Sí, Manu y yo nos dividimos las tiendas. Gabriel tuvo su cita hoy y el médico dijo que está perfecto. Rosi está preocupada por el nuevo novio de Sara y Cintia y el bebé están agripados.

—Ya veo.

Dejo de comer y me quedo analizando nuestra interacción en la cena. Es tan diferente a como es en casa de mis padres. Mi mamá no puede estar en la misma mesa que mi padre por unos buenos cinco minutos, sin que le grite o le reclame algo. Y cuando no es mi mamá que empieza es mi padre, humillando y dando sus nefastas noticias. A veces es James con alguna sorpresa de mierda o la loca de mi medio hermana con sus crisis nerviosas o sus jodidos amigos que invita para cenar.

En cambio, esto es diferente, Gonzalo y yo nunca discutimos y si lo hacemos es sólo por molestarnos el uno al otro. La mayor parte del tiempo él no lo piensa dos veces para complacer mis caprichos o yo los de él, estamos siempre atentos, nos llamamos, nos escribimos… nuestra relación es tan parecida a las de Manu y David, Fabi y Fer o Rosi y Cami.

¿Por qué?

Yo no soy realmente material para una relación estable.

Soy promiscua, o lo era hasta hace un año y tres meses. Alocada, no sé cocinar, odio hacer aseo, he asesinado a treinta y dos peces, no sé planchar ropa, a veces me confundo usando la lavadora y nunca tiendo mi cama, jamás.

Realmente no soy material ni de esposa ni de mamá. Gracias a Dora, Azrael no ha muerto de inanición, varias veces he olvidado llenar su bol antes de irme a trabajar y si no fuera por Gonzalo, no tendría arena para cambiar su caja ya que siempre olvido comprarla. Espero que Manu nunca se entere, sigo esforzándome por ser más responsable, pero esta cabezota mía sigue igual de despistada.

—¿Nena?

Sacudo mi cabeza y me concentro en Gonzalo que me ha estado hablando.

—Lo siento, ¿qué decías?

Se queda mirándome por unos segundos, suspira y niega. —Te decía, el viernes hay una presentación en el teatro de ese comediante que te gusta.

—¿Peter Alveiro?

—Sí, David y yo tenemos entradas.

—Me gustaría ir, gracias. —Se queda viéndome sin volver a comer—. ¿Qué?

—Pensé que estarías más animada. Abejita…

—Sólo estoy cansada. —Levanta una de sus cejas y resoplo, molesta por su actitud—. Esto no tiene nada que ver con lo de ayer, abejorro. Fue un día pesado. Sólo eso.

—Vale, te creo.

Terminamos de comer en silencio, me frustra que Gonzalo quiera ahondar en algo que pretendo dejar en mi armario por siempre, y él se frustra porque no quiero adentrarlo en el circo de mierda que es mi familia. Gonzalo sabe que me niego a decirle algo y que cada vez que intenta sacarme información terminamos disgustados, pero sigue insistiendo.

Le ayudo a lavar los platos —él los lava, yo los acomodo— y me preparo para un baño.

—¿Te vas a quedar? —pregunto al ver a Gonzalo cambiándose en mi habitación.

Su rostro se llena de confusión. —Sí. No entiendo por qué lo preguntas.

—Pensé que estabas molesto.

—Si no quieres que me quede, entonces me voy.

—Yo no he dicho eso.

Vuelve a ponerse su camisa y se cruza de brazos. —Sabes que duermo en tu cama todas las noches desde hace más de un año, llueva, truene o relampaguee entre nosotros, no entiendo por qué ahora preguntas si voy a quedarme o no.

—Sí, pero como te quedaste callado el resto de la comida y no has vuelto a decirme nada desde que te dije que todo estaba bien.

—No te he dicho nada porque tú no quieres hablar.

—No empieces con eso, Gonzalo, ya te he dicho que de mi familia no hablo con nadie.

—Yo no soy nadie, Teresa, soy tu novio —gruñe, frustrado—. Un novio que se preocupa por su novia y que desea saber qué demonios pasa cada vez que regresa de casa de sus padres en un estado irritable, sensible y enfadado.

—¡No estoy irritable, no estoy sensible y no estoy enojada! —grito, Gonzalo sonríe satisfecho aun con su estúpida ceja levantada—. Esto no cuenta, acabas de hacerme enojar.

—Estás así de “sensible” desde ayer, especialmente conmigo.

—No lo estoy, maldita sea, sólo estoy cansada. —Pataleo hasta el baño de mi habitación y tomo el peine para desenredar mi cabello antes de entrar a la ducha, de lo contrario saldré con mi cabello más enredado que nunca—. Tuve un día pesado, demasiado trabajo y quiero solamente estar en casa y acurrucarme para poder descansar.

—Ni siquiera has hecho tu rutina de ejercicios desde ayer, y siempre la haces, sin importar que tan cansada regresas a casa.

Gonzalo se sienta en la cama y vuelve a quitarse su camisa. Gracias a Dios.

—Hay una primera vez para todo.

—Tuvo que ser algo verdaderamente grave para que hayas regresado así ayer.

Dejo de peinarme y voy hasta Gonzalo. Posicionándome entre sus piernas, me inclino para besar su frente. —Bebé… déjalo así.

—Siempre es lo mismo, nena. De verdad me preocupa. Te quiero y necesito que tú estés bien.

—Estoy bien.

—Dices estarlo, pero no es así.

—Arrggg —gruño y me alejo, él trata de acercarme de nuevo, pero lo esquivo—. ¿Por qué no lo dejas así? ¿Por qué me presionas? Las chicas no lo hacen, me dan mi espacio, ¿por qué tú no me lo das también?

—Porque te amo, te amo y me duele verte de esa manera. Me duele que te encierres y no permitas que entre en tu vida.

—¿¡No te permito entrar en mi vida!? —siseo, acercándome a mi closet y abriéndolo de par en par—. Prácticamente vives conmigo, te he dado espacio en mi closet, Mi closet, y sabes que eso es un gran paso para mí ya que amo los zapatos y la ropa. Me costó dejar a un lado prendas preciosas para que tú coloques tus cosas. —Empuño mis manos para no tirarle un zapato—. Además, a veces sirvo la cena para los dos, he aprendido a usar la lavadora y cuando hago la lista de compras para Dora, pido tus aperitivos y el detergente que te gusta para que deje ese olor en tu ropa.

—Lo sé, preciosa, y no sabes cuánto significa eso para mí.

—¡Te he sido fiel! —grito, las palabras asentándose en mí y sorprendiéndome, aunque he sido yo quien las dijo—. Oh mi Dios, te soy fiel, Gonzalo. Ni siquiera he coqueteado con otros hombres o mujeres —murmuro paseándome por la habitación—. Sí, a veces molesto a las chicas con mis cosas sólo por hacer sonrojar a Fabi, o digo que tal hombre o tal mujer está como pa darle como a violín prestado, pero no he coqueteado directamente con ellos.

Miro a Gonzalo que me observa con una sonrisa. Esa estúpida sonrisa que derrite mis pantys.

—¡No me sonrías así! —gruño y me doy un paso hacia atrás cuando se acerca a mí—. ¡Sabes que esa sonrisa es como mi Kryptonita!, me hace débil. —Deja caer su cabeza hacia atrás y se ríe—. ¡Aléjate!

—Voy a contar hasta tres…

—¡No! Siempre pierdo, soy demasiado lenta y corro fatal —protesto, pero Gonzalo no me escucha, sigue sonriendo y acercándose a mí.

—…Si no has llegado a la ducha cuando llegue a tres —se encoje de hombros y lame sus labios—, voy a ponerte sobre mis piernas y voy a azotar tu trasero.

—Hmm —me quejo y aprieto mis muslos, excitándome totalmente—. Estás jugando sucio hoy.

—Sé que te gusta lo sucio. Uno, dos, —susurra, su voz adquiriendo ese tono ronco que…

—¡No es justo! —grito y trato de correr hasta el baño, pero antes que dé dos pasos, él ya ha llegado a tres y me agarra entre sus brazos.

—Te tengo.

—Por favor bebé, tengo que ducharme primero, he sudado como un cerdito todo el día.

Me gira entre sus brazos, enfrentando a mi espalda con su pecho, y besa mi cuello, dirigiéndome hasta la cama. —Las reglas son las reglas. Además, me gusta el sabor salado en tu piel.

—Bebé… —suspiro cuando sus manos descienden hasta mi sexo.

—Déjame ensuciarte un poco más y luego hacer que la ducha valga la pena.

—Lo que quieras, haz lo que quieras conmigo.

—¿Estás segura? —Su voz adquiere un tono más ronco, más necesitado, y presiento que no sólo se refiere a esta noche. Pero aun así respondo:

—Sí.

Capítulo 2 Cuidado Con Las Curvas 3 (Teresa y Gonzalo)

 

Capítulo 2


Gonzalo

 Abejita: ¡Alerta de huracán!

Jesús mío, la cena en casa de mi abejita debe haber ido muy mal. Eso es lo único que explicaría su humor en este momento.

Yo: ¿De qué categoría?

Abejita: 10 al cubo

—Mierda, está realmente molesta.

—¿Teresa? —pregunta mi primo David, levantando la vista del control de juegos.

—Ujum —respondo mientras tecleo en mi teléfono.

Yo: ¿Té de menta y mi cuerpo desnudo?

Abejita: Aguardiente y tú, desnudo. Es en serio, voy a acabar con todo. En camino a mi casa.

Yo: Vale, me pondré en marcha.

—Me voy… —Levanto mi mirada del teléfono, para encontrar a David ya tomando sus llaves.

—Lo sé, debes ir y calmar al huracán Teresa.

Asiento y busco mis propias llaves, cartera y guardo mi teléfono. —Es siempre lo mismo. No sé qué sucede con su familia, pero siempre que mi princesa va a esa casa, regresa convertida en un ogro iracundo.

—Debe ser algo malo, Teresa es una mujer muy alegre y despreocupada.

—Sí —suspiro—, bueno primo ¿lo dejamos para mañana?

—Si es que tienes fuerzas para levantarte. Siempre que acudes ante “el huracán Teresa”, quedas en coma por un día.

Me encojo de hombros y sonrío. —Es un buen coma, ya que te preocupa.

David niega y sonríe. Palmeo su espalda y camino con él hasta el parqueadero de mi unidad. Una vez cada uno se encuentra en su respectivo auto, hacemos sonar el claxon como despedida.

De camino a casa de mi abejita, compro el aguardiente. Una botella entera. Soda y algo de comer. Dios sabe que Teresa no ha cocinado nada en su vida, creo que ni siquiera sabe cómo usar una estufa. Ni eléctrica ni a gas. Pago la cuenta en caja y tomo unos cuantos chicles. En menos de treinta minutos llego a su apartamento. No tengo que usar la llave, Tere ya ha llegado y dejó la puerta abierta. Me detengo en el umbral para verla paseándose por la sala como un animal enjaulado.

—Abejita.

Se detiene y me mira, sus ojos están inyectados de sangre, lo que me dice que ha estado llorando. Dejo las bolsas en el suelo una vez y entro, cierro la puerta y camino hasta ella para atraerla en un abrazo.

—Shh, ya pasó, estoy aquí, cariño.

Asiente contra mi pecho y me aprieta en un abrazo. Beso la cima de su cabeza y froto su espalda que se sacude con nuevos sollozos. Unos cuantos minutos pasan hasta que se logra calmar.

—¿Quieres hablar de ello? —pregunto, como cada vez que la encuentro de esta manera, como siempre lo hago cuando regresa de casa de sus padres. Y como en cada una de esas veces, Tere se aleja y me da la mirada.

—No —grazna y para enfatizar, sacude su cabeza—. No estás desnudo —Hace un puchero y lo ignoro. No tengo intención de desnudarme, no cuando veo el estado en el que está. El sexo no va a arreglar esto—. ¿Trajiste todo?

 Muerdo mi mejilla para no decir lo que realmente pienso. Asiento y voy por las bolsas, le entrego los chicles primero, logrando una pequeña sonrisa en su rostro. Tomo la botella, la soda y la comida y las dejo en la mesa de noche.

—¿Alitas rellenas? —Asiento y le enseño las cinco alitas que compré para ella y para mí—. Sabes que vengo de una cena donde mi familia, ¿verdad?

—Ajá, y probablemente no alcanzaste a probar bocado.

Sonríe suavemente y acaricia mi mejilla. —Gracias.

—Doy todo por ti, preciosa. Lo sabes.

Su sonrisa titubea y aleja su mano de mí, tragando fuerte. Estrecho mis ojos hacia ella, cuando noto que su mirada rehúye a la mía.

¿Qué demonios pasó en esa cena?

Antes de que pueda abrir de nuevo la boca, Teresa toma la botella de aguardiente y bebe de la misma. Mis cejas se elevan cuando el sorbo pasa a ser un trago profundo.

—Nena, no me gusta verte así.

—Cierra los ojos, entonces. Es lo que hay Gonzalo. —Se encoje de hombros y vuelve a beber de la botella.

Suspiro y recojo las mangas de mi camisa. Le escribo un mensaje a David para hacerle saber que mañana no iré al trabajo y el idiota me dice que ya lo sabía.

El pendejo me tiene descifrado.

La siguiente en recibir un mensaje es mi asistente, Yolanda, le informo lo pendiente para el día de mañana y que estaré trabajando desde casa. Le pido cancelar todos mis compromisos de mañana y moverlos para el jueves. Teresa patea sus zapatos hasta el otro lado de su sala y sigue bebiendo de la botella.

Probablemente deba mover todo para el viernes.

—Estás dejando el trabajo nuevamente por mí —afirma, no pregunta—. Odio eso. No tienes que cuidarme mañana, Gonzalo, estoy bien. Además —Me mira con el ceño fruncido—, mañana no puedo faltar al trabajo, se lo prometí a Fabi.

—Entonces, deberías dejar de beber. —Trato de alcanzar la botella, pero su mano libre sale disparada y golpea la mía.

—Tuve una noche de mierda y necesito esto. No te atrevas. Mío —dice, sus labios se fruncen en un puchero y veo como sus ojos se llenan de lágrimas.

—Abejita… —murmuro, trato de abrazarla, pero me detiene.

—No me mimes, eso sólo lo empeora todo. Me vuelvo una llorona cuando me consientes.

—Bien, no voy a mimarte.

Me alejo de ella y reprimo una sonrisa cuando gruñe y toma mi mano.

—¡No seas indolente, necesito que me consientas! —gruñe—. ¿Acaso no escuchaste que tuve una noche de mierda?

—Dijiste que no te mimara.

—No me hagas caso, bebo aguardiente de la botella un miércoles en la noche, eso no es normal. Sólo abrázame.

Sonrío y tiro de ella contra mí. Muerdo mi mejilla para no preguntar nuevamente por lo que sucedió. No me lo dirá y eso sólo hará que nos pongamos de mal humor y terminemos discutiendo.

Quisiera entender, saber qué es lo que sucede con su familia y por qué regresa siempre en mal estado cuando se reúne con ellos. No comprendo su reticencia a que los conozca, a que haga parte de su vida en esa forma. Tampoco me gusta el hecho de que cada vez que trato de presentarla a mis padres formalmente, como mi novia y no como una de muchas amigas, ella se resista, se oponga o simplemente me deje plantado.

Es tonto, llevamos más de dos años juntos. Sí, sólo hace un año que esto “se puso serio” cuando en un principio era sólo un juego para los dos. Jamás creí que me asentaría con ella o que pensara en presentarla en mi familia. Mi madre se hizo a la idea de que pasarían muchas más navidades antes de llevar una mujer a cenar con nosotros. Nuestra relación ya no es tan abierta como antes, ni siquiera hemos recurrido a otras personas para jugar entre nosotros; y que me condenen si permito que ella crea que no somos exclusivos, mataré al hombre o mujer que la aleje de mí.

Mis ojos vuelven a ella y la observan mientras deprimentemente vuelve a llevar la botella sus labios, maldiciendo a la familia en el camino. Quisiera reírme por la escena delante de mí, pero sé que realmente está dolida, ella bebe de esa manera sólo cuando algo le afecta verdaderamente.

—Malditos todos. Todos son unos hijos de puta.

—Bebé…

—Estúpidos, y estúpida yo por dejar que me afecte —Se vuelve hacia mí y me ruega con sus ojos acuosos—. Soy tonta, ¿verdad?

—No, no lo eres.

—Lo soy. —Solloza y limpia su nariz en mi camiseta. No puedo evitar sonreír, es como una niña mimada—. Llevo con esa familia toda mi vida, debería ya de saber que nunca van a cambiar.

—Es muy difícil dejar de amar a nuestra familia.

—Mi familia no merece ni una mierda de mí. Todos están jodidos, todos.

—Tal vez si me cuentas pueda ayudarte.

—¡Deja de hacer eso! —grita y se aleja de mis brazos—. Debes permanecer lejos de ellos, y yo también. Son malos, no voy a responder más a sus estúpidas llamadas, que se metan sus cenas por el culo.

—Teresa —regaño, odio que se refiera a su familia de esa manera—. No hables así de tus padres.

—Puaj, estoy siendo amable con esos dementes. —Vuelve a tomar la botella, que ya va por la mitad, y toma otro largo trago—. Tengo hambre —Se sienta de nuevo y toma una de las alitas. Doy gracias a Dios porque la comida es lo único que la distraerá de beber—. Están deliciosas, debería haber venido aquí primero que ir con ellos. Tú me caes mucho mejor —ronronea con salsa roja en su mejilla. Me rio y limpio el desastre con una servilleta. El alcohol ya está haciendo de las suyas, dejándola un poco achispada y alegre.

—Tú también me caes muy bien.

Rueda los ojos y resopla. —Lo sé, es difícil resistirse a mis encantos.

Levanto mis cejas y dejo escapar una carcajada. —Bueno si no eres modesta.

—La modestia se olvidó de mí, bien por eso, le dio más espacio a mi trasero y a mi seguridad.

Esta vez no puedo retener más de una carcajada. Teresa me mira y sonríe, la tensión y el dolor de antes menguados. Termina su segunda alita y se recuesta contra mí, olvidando la botella de aguardiente en la esquina de la mesa de centro. Tomo los mechones cortos de su cabello y los enredo en mis dedos mientras Tere levanta una alita y la comparte conmigo.

La situación es tan íntima y cómoda que no logro entender cómo no me permite hacer esta relación más seria.

Mis manos se adentran y masajean su cuero cabelludo, la siento suspirar y estoy seguro de que sus ojos empiezan a pesar. Deja una alita a medio comer y toma las servilletas para limpiar sus manos. Se acomoda de nuevo contra mí, esta vez de frente y abrazándome.

—La gente suele ser un desastre, abejorro —susurra, sus ojos ya cerrándose—. Tú me haces creer que puede haber una excepción —Sonrío y beso su frente. Suspira y frota su mejilla contra mi pecho murmurando adormilada—, pero temo que sólo sea mi corazón ilusionado y que un día de estos, estalle todo en mi cara.

Mi mano se detiene entre sus cabellos, frunzo el ceño mientras abro mi boca para responder, pero Tere ya está dormida. El peso del día pasando factura en ella.

Tomo una respiración profunda en tanto la suya se hace más lenta. Beso su frente nuevamente y me quedo mirando a la nada, intentando adivinar qué demonios pasa en la vida de mi abejita.

Capítulo 1 Cuidado Con Las Curvas 3 (Teresa y Gonzalo)

 

Capítulo 1


Teresa

 Los ojos de Fabi me piden que no lo haga, que sea paciente y no explote aquí, frente a todas nuestras clientas.

Lo intento, lo juro por todos los orgasmos del mundo que, intento controlarme, pero es imposible, mi naturaleza se revela y ¡Boom!

—¡Fuera! Usted, lombriz de tierra —gruño o grito, no estoy muy segura, a la cara de una de las clientas más despreciables, odiosas, crueles y desagradables que tenemos—. Hija de Lucifer y Medusa, vieja estreñida y amargada. Váyase ya mismo de este almacén si no quiere que le haga una cirugía exprés a su cara.

La víbora boquea y se colorea como un tomate. Trata de encontrar su voz, pero no se lo permito. Su horroroso perro permanece igual de congelado y asustado que ella. Tomo su bolso del mostrador, donde lo colocó no muy gentilmente y se lo lanzo. —Dije, fuera de aquí.

—Esto es indignante. Voy a denunciarlas por tratar a las personas de esa manera.

—Usted que abre la boca para decir algo sobre nosotras y yo que se la cierro de un puño. —Avanzo hacia ella, con mi puño levantado y abre sus ojos. Aferra el bolso y el perro a su pecho y corre despavorida hacia afuera, como se lo ordené—. Maldita bruja.

Me vuelvo hacia Fabi y veo que todas las clientas están observándome con los ojos abiertos.

—Si ustedes no reaccionan cuando una persona habla mal de su trasero… allá ustedes, pero de mi culo nadie se burla. Nadie.

Camino, con toda la dignidad del mundo hasta el cuarto de empleados y busco una botella de agua en la nevera. Necesito regular mi temperatura, de lo contrario, perseguiré a esa loca y la colgaré del Cristo Rey con perro y todo.

Quítate la pena, si tú no eres ajena mi nena, ponte en posición de entregar tu corazón… bésame despacio y llévame volando al espacio, eres mi adicción… —Canto y meneo mis caderas para alejar la tensión de mi cuerpo.

Esa bruja del demonio.

La he soportado por muchos meses, siempre viene, habla mal de todos y desprecia mi culo en público. No me importa que compre muchas de nuestras prendas, mi culo se respeta y punto. Y si Manu o Rosi tienen algún problema con ello… pueden besar mi NO gordo, nauseabundo y flácido trasero.

—¿Ya estás calmada? —Asiento y miro desafiante a mi mejor amiga y jefa. Manu estrecha sus ojos hacia mí y luego rompe a reír—. Te juro que cuando vi a esa señora correr por la acera me enojé conmigo misma por no estar aquí para presenciar lo que la hizo volar de esa manera —Suelta otra carcajada y sonrío—. Oh su cara, su jodida cara fue impresionante, y cuando Fabi mencionó que le dijiste Hija de Lucifer y Medusa —Se dobla para reír de nuevo—, yo sólo puedo lamentar el no estar para haberle dicho cara de bagre, moco seco y chupacabras.

—No creo que vuelva —murmuro y me rio entre dientes al ver a mi mejor amiga partirse de risa.

—Yo tampoco lo creo. ¡Ah! por fin nos deshicimos de ese virus. Dios, Tere, gracias amiga.

—Pensé que estarías enojada.

—Por favor, si no hubieras dicho algo tú, lo hubiera hecho yo. La semana pasada me dijo que mi piel parecía pastillaje de tres días y mis tetas estaban empezando a besar el suelo.

—¿Qué dijo qué?

—Ajá, si no es porque tenía a Gabriel en mis manos, la hubiera sacado del cabello, probablemente hubiera estampado su cara en la acera o la hubiera arrojado dentro del contenedor de basura, donde pertenece.

Suspiro y abrazo a mi mejor amiga. —Pero era buena comprando.

—Prefiero perder ese dinero que soportarla un día más. Nada justifica su actitud de mierda. —Deja su cabeza recostada contra la mía y suspira profundamente.

—¿Cómo fue? —Vuelve a suspirar y se encoje de hombros, alejándose de mí.

—Negativo. El medico dice que probablemente es el estrés por la nueva colección, la remodelación de las tiendas y la apertura de la nueva línea. —Baja su mirada al suelo y muerde su labio.

Mi corazón se parte al verla de ese modo. Manu es la persona más vibrante del mundo, está llena de energía, de vida. Ella es todo entusiasmo, muy parecida a mí, sólo que mientras yo soy realmente una loca despreocupada y egoísta, Manu es lo contrario. Siempre leal, fiel y pendiente de los demás, entregada y comprometida. Ella quiere una familia, hijos, todo ese paquete, yo… yo no estoy muy segura de querer lo mismo.

—Es sólo cuestión de tiempo, cariño —Me acerco y la vuelvo a abrazar, lo permite—. En menos de lo que canta un gallo entrarás corriendo por esa puerta, ya sea para vomitar en el baño o decirnos que por fin estás llevando el retoño de David.

—Eso espero —susurra—. De verdad que queremos un hijo. David no lo dice mucho, pero veo la forma en la que mira a Fer cuando está con Gabriel, él lo anhela tanto como yo.

—Dicen que cuando más lo buscas menos llega. —Ambas nos volvemos hacia Rosi, nos sonríe y entra a la habitación—. Sólo relájate amiga. Deja de presionar a tu cuerpo, eso lo estresará más. Disfruta y ten fe.

—Es fácil decirlo, pero difícil hacerlo.

Fabi es la última en venir a nosotros, ve el rostro derrotado de Manu y lo entiende perfectamente. Se acerca y besa la frente de nuestra amiga.

—Llegará, no desesperes —susurra. Manu asiente y las cuatro nos fundimos en un abrazo de apoyo. Por encima de la cabeza de Manu, Rosi, Fabi y yo compartimos una mirada preocupada.

Manu está demasiado obsesionada con tener un bebé, la pérdida del suyo hace ya casi dos años la dejó muy lastimada, y no hablo del ámbito físico, su corazón quedó destrozado. No esperaba ese bebé, pero lo amó mientras supo de él, para luego perderlo inesperadamente.

—Bueno, basta de vibras pesimistas —Aplaudo y sonrío—, eso nos va a arrugar el trasero. —Mis chicas sonríen y me encojo de hombros—. A trabajar que el dinero no nos caerá del cielo.

Asienten y con nuestras sonrisas de siempre volvemos al ruedo, y ahora que la bruja ha desaparecido para siempre, el ambiente en la tienda es más feliz.

 

***

 

Abejorro: Recuerda que hoy tienes cena en casa de tus padres.

Mierda. Lo había olvidado.

Yo: Lo sé, pero gracias por mensajearme, bebé.

Abejorro: Se te había olvidado.

Yo: No.

Abejorro: No me mientas, te conozco, abejita. Sé que lo habías olvidado, así como el hecho que tu mamá te dijo llevarás el vino y el postre.

Carajo, es cierto.

Yo: Hmm. ¿De casualidad recuerdas cuál fue el postre que pidió?

Abejorro: Torta de tres leches y coco.

Yo: Por eso me encanta que estés a mi lado cuando mamá llama.

Abejorro: Lo sé, soy tu agenda personal. Ten una cena agradable y por favor preciosa, no discutas con tu padre ni con tu hermano.

Bufo y ruedo los ojos.

Yo:  No prometo nada, sabes como es.

Abejorro: No, no lo sé ya que nunca me invitas a ir.

—No de nuevo. Por favor bebé —susurro—, no empieces con esto de nuevo.

Yo: Bebé…

Abejorro: Bien, dejémoslo así. Nos vemos en casa.

No le envío otro mensaje a Gonzalo, sé que está molesto. Los últimos meses ha estado insistiendo en conocer a mis padres y yo he estado evitando conocer a los suyos. Se supone que tenemos una “relación” seria ahora, pero realmente no me gusta etiquetar lo que tenemos. Estamos juntos y ya. No es como lo que tienen David y Manu, o Fer y Fabi, ni de cerca un matrimonio como Rosi y Camilo, sólo somos nosotros, disfrutando el uno del otro, y a veces —no desde hace un año, que yo recuerde— de otros. Pero Gonzalo insiste en conocer a mis padres, lo hace de forma sutil a veces, en otras es bastante directo.

No quiero que conozco a mi familia, sabe del idiota de mi hermano porque es el ex de Manu y porque su primo David lo derribó en la habitación de hospital cuando Manu sufrió el atraco. Pero del infeliz de mi padre, la histérica de mi madre y la loca media hermana de la que nos enteramos hace cuatro años… no, de ellos no sabe nada. Sólo las chicas conocen un poco de mi historia, Manu está más empapada del caos de donde provengo gracias a mi hermano, pero prometió jamás decir nada. Sin embargo, ni Manu ni ellas saben algo de él…, nadie sabe sobre él, sólo mi muy retorcida familia, ellos se han asegurado de que así sea.

Superviso el arqueo de caja con Fabi y reviso la bodega para asegurarme que todo está preparado para la entrega de mañana. La nueva colección está en camino y necesito tener todo organizado para su almacenaje y luego exhibición en el almacén.

—¿Mañana vas a ir al punto de la quinta?

—Sí, debo capacitar a las nuevas asesoras y verificar que la exhibición esté lista. Pero primero vendré aquí, ¿necesitas algo?

—Sí, mañana Gabriel tiene control de crecimiento a las ocho, ¿puedes ayudarme con las facturas y las consignaciones?, le diría a Manu, pero es obvio que va a estar supervisando la mercancía y Rosi debe acompañar a Sara a su cita de planificación.

—No te preocupes, yo me hago cargo. Pero… —Sonrío y meneo las cejas, Fabi adivina lo que voy a decir y por eso suspira—. Dile a ese pediatra que está de rechupete que cuando quiera puede darme su paleta, siempre se me antoja un buen dulce.

—¿Me pregunto qué diría Gonzalo sobre tu interés en la paleta del pediatra de mi hijo?

Me cruzo de brazos y le frunzo el ceño a mi amiga. —Nada, no tiene por qué decir algo, no es la primera vez que me comparte.

Fabi también se cruza de brazos y levanta una de sus hermosas y definidas cejas. Envidio sus cejas.

—Por lo que tengo entendido, hace mucho, mucho, que no te comparte, ni tú a él. Más claro, imposible.

Parpadeo y absorbo sus palabras mientras recuerdo la última vez que Gonzalo y yo tuvimos una aventurita juntos. La última vez fuimos los dos y esa chica de la Campiña, la del apartamento rustico.

—Mierda —jadeo—, un año y tres meses.

—Ajá —Se regodea Fabi, pequeña bruja—. Creo que el tiempo de compartir ha terminado.

Antes de que pueda responder, Daniela, nuestra cajera, termina el arqueo y nos entrega el dinero, los recibos, facturas y el cuadre de caja. Fabi lo revisa y asiente, ambas firmamos y procedo a poner el dinero en la bolsa y caja fuerte para ser entregado mañana a la transportadora.

Fabi me palmea la espalda y se marcha, termino de cerrar todas las puertas y de verificar que nadie quede dentro del local para cerrarlo. Me adentro en mi auto y conduzco a casa de mis padres, pensando todo el tiempo en lo que acabo de descubrir.

Un año y tres meses sin tener sexo más que con Gonzalo.

Eso me sorprende y me aterra.

Me sorprende porque ni siquiera lo había pensado, no estaba consciente del tiempo que ha pasado y me aterra porque… al parecer ni siquiera he extrañado a otro cuerpo y otro hombre o mujer en mi cama.

¿Realmente quiero hacerlo de nuevo?

Cristo Jesús. No estoy segura.

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