viernes, 25 de agosto de 2017

Adelanto #1 Vendedora de Amor.

Prólogo

Samanta.
Ocho meses atrás.
—Es tú decisión, Samanta. Yo sólo te estoy dando una solución, lo tomas o lo dejas.
Miro el rostro de Emiliano y luego a la pila de facturas médicas, servicios públicos, comida, créditos…
Suspiro.
¿Qué otra cosa puedo hacer?
El dinero de mi trabajo actual no cubre todos los gastos de mi madre y los míos. No puedo conseguir otro empleo, mamá necesita que la cuiden y pagar por una persona para ello me costaría los salarios de tres empleos. Papá dejó de enviar su cuota hace meses y yo simplemente estoy ahogándome en deudas.
—No sé que debo hacer exactamente —susurro. Mi voz tiembla con el miedo que me corroe.
No puedo creer que esté aceptando hacerlo, pero tiempos desesperados —o mejor dicho, estar endeudada hasta el cuello— requiere de medidas extremas. Además, sólo será por un tiempo. Mientras pueda cuadrar mis ingresos y consiga un mejor empleo. Será sólo unas cuantas noches a la semana.
—Lo mismo que harías con tus novios, Sami. Tienes que actuar y comportarte de tal manera que ellos crean que tú, eres la suya.
—Pero… —me estremezco de sólo pensarlo—, ¿qué hay del sex…
—¿Sexo? —Emiliano se ríe y quiero patearlo—. Sólo imagina que es tu amor platónico y vas a follarlo. Deja que tu mente vuele, que todo lo real no exista y vive tu fantasía. —Se sienta a mi lado, en el feo sillón de mi casa que ha visto mejores días y requiere un lavado extremo, o mejor, jubilarse en el cielo de los muebles—. Déjales creer a ellos que disfrutas lo que te hacen y lo que tú les haces, pero aquí —Golpea suavemente con la yema de su dedo mi frente—, vive la fantasía que quieras.
—Emiliano… sabes que yo sólo, sólo he estado con un chico.
—Lo sé, ese chico es el idiota de mi hermano. Dudo que no hayas aprendido una que otra cosa con él. Además, si necesitas más herramientas  y recursos, siempre existe el porno.
—Dios, creo que voy a vomitar.
—Bien, vomita ahora y no cuando él esté sobre ti. O al revés.
—Es en serio, Emiliano. Esto me puede.
Suspira y aleja un mechón de cabello de mi frente. —¿Vas a seguir contando pesos cada quincena para ver si alcanzas a pagar todo?, ¿Seguirás corriendo de tus acreedores y cobradores?, ¿Qué pasará cuando corten el servicio de energía? ¿Crees que tu mamá se recuperará con esa “dieta” a la que está sometida justo ahora?
Niego a la vez que mis ojos se humedecen por la horrible situación en la que está inmersa mi vida.
—No creo que pueda hacerlo.
—Sí puedes. Ya te lo dije, entrégales tu cuerpo, pero tú, controla tu mente y juega con tu imaginación. Saca tu culo de este agujero de mierda en el que estás viviendo. Si se lo diste gratis a mi hermano y él pateó tu corazón lejos. ¿Por qué no puedes cobrar por tu delicado trasero a personas que están dispuestos a pagar y disfrutar de él?
Mis ojos vuelven a desviarse hacia el montón de papeles que piden pagos inmediatos. Pienso en mi madre, en cómo ha estado viviendo estos últimos meses. Escucho a mi estómago vacío gruñir por comida, miro mi precario apartamento, los horribles y mugrosos muebles. Y pienso en Emiliano, el hombre que creí me amaba y la forma en la que jugó conmigo y luego de obtener lo que quiso y aburrirse, me arrojó cual trapo sucio.
¿Realmente quiero seguir viviendo así?
No.
—Bien, lo haré.




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